A la sombra de la catedral

Artículo publicado hoy en el diario La Nueva España, en la edición de Oviedo.

Llevar 72 años viviendo en Oviedo, toda mi vida, y habiendo desarrollado también mi faceta profesional sin interrupción ni por paro ni por enfermedad en la capital del Principado es algo que me ha llenado de satisfacción. Por supuesto he cumplido en ella las indicaciones del sabio Rabindranath Tagore, o sea, tener hijos, escribir un libro y plantar un árbol; lo siento, fue un eucalipto en la hermosa vega de Brañes, y he disfrutado de esta querida ciudad, mi ciudad, cuyo punto culminante fue sin duda cuando hace no mucho tiempo el ayuntamiento puso mi nombre a una nueva calle en la zona de La Florida, precisamente a la sombra del Naranco, cuyo camino por Ules y San recorría en verano, generalmente acompañando a las lecheras, camino de Brañes, donde residían mis abuelos maternos, y viceversa. Ver el Boquerón de Brañes, oler el tomillo de sus sebes, coger moras, saludar a los vecinos del Violeo, y llegar cansado pero contento al centro de esta localidad me hacía, en aquellos ya lejanos tiempos de mi infancia, cargar pilas y querer cada vez más a mi ciudad.

Mi abuelo tenía en la orilla del río Nora el molín, junto al Fondín, hoy reputado restaurante, y me encantaba ver la molienda y cómo Olivo, el empleado, aplicaba la maquila a los muchos clientes que acudían a transformar sus productos. El Nora entonces estaba limpio y era todo un acontecimiento cuando de vez en cuando aparecía algún osado piraguista. Otro buen pasatiempo era coger cangrejos que luego cocidos con arroz sabían, así lo recuerdo, a gloria. También íbamos los guajes por anguilas si bien en alguna ocasión lo que si sacábamos con el consiguiente susto era un buen ejemplar de culebra de río.

Vivía en la calle de San Bernabé a la que se le conocía como la calle de los borrachos, tal era la cantidad de bares que había, y todos los días para aá y para allá, al colegio de Santo Domingo del que guardo muy buen recuerdo, tanto de los frailes como de los compañeros. Allí estuvieron el que luego fue presidente del Principado Juan Luis Rodríguez-Vigil, el que fue consejero de Sanidad Rafael Sariego, al que envío un abrazo solidario, él bien sabe por qué, el recordado escritor Ignacio Gracia Noriega, y el ex alcalde y político incombustible Antonio Masip. En Semana Santa ambos salíamos, uno a cada lado, acompañando a un pendón en la procesión de Jueves Santo. Claro que, al menos en mi caso, el fervor pronto se me pasó cuando comenzamos a colarnos en el Cine Asturias para ver películas calificadas de "4 gravemente peligrosas" como, por ejemplo, "Gilda" o "El último Cuplé".

Era aquel un Oviedo tranquilo, de menos habitantes, y con la necesidad de una importante restauración de muchos de sus edificios deteriorados por la aún cercana guerra civil. El padre de Antonio Masip, don Valentín, del que guardo muy buen recuerdo, era alcalde, y lo que es hoy la calle que lleva su nombre era entonces una serie de prados con una granja situada en el medio, al final de la misma, y que costó Dios y ayuda a las autoridades desalojarla para construir esta vía.

Yo cortejaba en la calle Fraternidad por lo que recuerdo muy bien la zona, si bien conocí a mi esposa en Agora Foto Club donde un grupo de jóvenes organiz&ábamos los domingos la proyección de películas además de baile. Era la época en que en Oviedo estaban de moda los guateques y la calle Uría era el paseo de los chavales, de arriba abajo, para refrescar al cruzarnos con alguna guapa moza. Era también una ciudad de tertulias, en el Paredes, el Tropical, California, Cervantes, Peñalba, etc. Cuando comenzaba mis pinitos periodísticos en "Región" solía acudir a una tertulia que teníamos en Kotel, cafetería situada en Uría, casi esquina con Toreno, donde discutíamos un grupo de amigos, Huergo, Justo "el peri", de lo divino y de lo humano, fútbol incluido.

Ir los domingos al viejo Buenavista era otro placer. Recuerdo a un juez de Siero con fama de duro que se pasaba todo el partido recorriendo la banda y amenazando al linier paraguas en mano. Mi primer recuerdo futbolístico fue de muy crío cuando un tío mío me llevó a un partido amistoso contra el Atlético de Bilbao que hacía una gira por España con motivo de la retirada de Piru Gainza. He escrito en más de una ocasión que sin quitar mérito a lo hecho yo hubiera dejado el estadio en su antiguo emplazamiento, hubiera construido el palacio de Congresos donde hoy está el "Carlos Tartiere" y el nuevo hospital en terrenos de la zona de La Manjoya.

La catedral metropolitana pienso que es un símbolo embleático de Oviedo. Creo que todo el mundo quiere venir aquí, a su sombra, a disfrutar de esta ciudad a la que, por supuesto, aún le faltan muchas cosas, comenzando por la ronda Norte. Precisamente recuerdo cuando alá por la década de los 60 el director de cine Rafael Gil rodó en Oviedo la película "Cariño mío" con Vicente Parra de galán. La creme de la sociedad ovetense se puso un día sus mejores galas para hacer de extras en el interior de la catedral donde se filmaba una boda principesca mientras en el exterior el pueblo de manifestaba haciendo mi compañero de Radio Asturias Julio Ruymal de terrorista lanzando una bomba desde uno de los pisos mientas otro grupo volcaba un autobús. No hace mucho tuve ocasión de volver a visionar la película en uno de los canales de televisión, lo que me refrescó mis recuerdos de juventud.

De bien nacidos es ser agradecidos y lo estaré siempre a esta ciudad, mi ciudad, que espero no abandonar nunca.

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